Comunicado. Ana Sofía Osawa, embajadora de la Biocodex Microbiota Foundation, indicó que, durante los últimos años, el GLP-1 se ha convertido en una de las moléculas más conocidas cuando hablamos de diabetes tipo 2 y obesidad. Los medicamentos que imitan la acción de esta hormona intestinal (como semaglutida y liraglutida), han transformado el tratamiento de estas enfermedades y también han despertado un enorme interés entre quienes buscan controlar su peso.
Pero detrás de esta hormona existe una historia mucho más interesante. ¿Y si una parte de la respuesta sobre cómo funciona el GLP-1 estuviera en las bacterias que habitan nuestro intestino?
Como se sabe, el GLP-1 —péptido similar al glucagón tipo 1— es una hormona que producen células especializadas del intestino después de comer. Ayuda al organismo a regular la glucosa, favorece la producción de insulina, retrasa el vaciamiento gástrico y participa en la sensación de saciedad. Por eso, sus mecanismos de acción se han convertido en una de las herramientas más importantes para tratar la diabetes tipo 2 y la obesidad. Sin embargo, el GLP-1 no trabaja de manera aislada. Existe todo un ecosistema intestinal que puede influir en su producción y en el metabolismo: la microbiota.
La microbiota intestinal no es simplemente un conjunto de microorganismos que viven en nuestro aparato digestivo. Es un ecosistema capaz de transformar componentes de los alimentos y producir sustancias que participan en la comunicación entre el intestino y otros órganos. Un ejemplo son los ácidos grasos de cadena corta, como el acetato, el propionato y el butirato, que se producen cuando determinadas bacterias fermentan la fibra que consumimos. Estos metabolitos pueden estimular células intestinales involucradas en la producción de GLP-1 y otras hormonas relacionadas con el apetito y el metabolismo.
El Biocodex Microbiota Institute ha estudiado la relación entre microbiota y enfermedades metabólicas y ha destacado el papel que tienen la alimentación, la fibra y los metabolitos producidos por las bacterias intestinales en la regulación de procesos metabólicos.
La investigación del profesor Rémy Burcelin resulta particularmente interesante. En un estudio publicado en Cell Metabolism, su equipo encontró, en modelos animales, que determinadas alteraciones de la microbiota podían provocar resistencia a la acción del GLP-1. El hallazgo abrió una nueva perspectiva: la microbiota no solamente podría influir en la producción de GLP-1, sino también en la manera en que el organismo responde a esta hormona. Esto ayuda a explicar por qué el microbioma intestinal se considera cada vez más un componente relevante de la salud metabólica.
La relación entre GLP-1 y microbiota parece funcionar en ambas direcciones. Por un lado, la microbiota y los metabolitos que produce pueden participar en las vías relacionadas con GLP-1. Por otro, los medicamentos agonistas del receptor de GLP-1 también parecen modificar el ambiente intestinal.
Una revisión sistemática publicada en 2025 encontró que los agonistas de GLP-1 pueden producir cambios en la composición y diversidad de la microbiota, aunque los resultados varían entre estudios y dependen del medicamento y de las características de cada persona.
Otra revisión sistemática publicada en 2026, que analizó estudios preclínicos y clínicos, encontró asociaciones entre estos tratamientos y cambios en microorganismos, además de modificaciones relacionadas con procesos inflamatorios intestinales. Los autores señalan, sin embargo, que todavía se necesitan más estudios clínicos para determinar qué significan estos cambios y qué tan importantes son para la respuesta al tratamiento.
Esta evidencia plantea una posibilidad fascinante: en el futuro, la microbiota podría ayudar a explicar por qué algunas personas responden de manera diferente a los tratamientos basados en GLP-1.
Quizá el verdadero secreto del GLP-1 no esté en encontrar una bacteria capaz de hacer todo el trabajo, sino en comprender mejor la relación entre lo que comemos, nuestra microbiota y la manera en que nuestro organismo responde a los tratamientos. Dos personas pueden comer lo mismo y obtener respuestas metabólicas diferentes. Una de las razones podría estar en sus microbiotas: los microorganismos intestinales determinan, en parte, cómo se procesan ciertos nutrientes y qué metabolitos se producen.
Por eso, la investigación sobre microbiota abre la puerta a una medicina metabólica más personalizada. En lugar de pensar solamente en qué medicamento necesita un paciente, en el futuro podríamos preguntarnos también qué ocurre en su microbiota y cómo podemos favorecer un entorno intestinal que contribuya a una mejor salud metabólica.
El reto será transformar los hallazgos de laboratorio en evidencia clínica sólida. Pero la dirección es clara: la microbiota intestinal dejó de ser considerada un simple acompañante de nuestra digestión para convertirse en un actor relevante de nuestra salud. Y quizá, para entender mejor cómo funciona una de las hormonas más importantes de la medicina moderna, tengamos que mirar hacia un lugar que siempre estuvo ahí: nuestro intestino.
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