Comunicado. En México, el cáncer de tiroides se ubica entre las tres a cinco neoplasias más frecuentes en la población general y representa el tumor endocrino maligno más común, con más de 11 mil casos nuevos anuales según datos del Instituto Nacional de Cancerología (INCan). Sin embargo, su impacto tiene un rostro predominantemente femenino: afecta a entre tres y cuatro mujeres por cada hombre y, en mexicanas de 30 a 55 años, se consolida como el tercer cáncer más diagnosticado, solo por detrás del de mama y el cervicouterino.
A pesar de esta incidencia, Sigfrido Miracle López, médico endocrinólogo, subrayó que la detección de una alteración en el cuello no debe asumirse de inmediato como un diagnóstico oncológico: “Un nódulo tiroideo merece una evaluación adecuada, pero encontrarlo no significa tener cáncer. La mayoría son benignos. Nuestro objetivo es identificar los hallazgos que requieren atención y elegir el manejo más conveniente para cada persona”.
La tiroides es una glándula situada en la parte anterior del cuello. Sus hormonas participan en la regulación del metabolismo, la temperatura corporal y el funcionamiento de diversos órganos. El hipotiroidismo y el hipertiroidismo describen alteraciones de su función; los nódulos son alteraciones de su estructura. Muchos nódulos, incluidos algunos malignos, se presentan con niveles normales de hormonas tiroideas. Por ello, los análisis de función tiroidea por sí solos no descartan cáncer.
Entre los antecedentes relevantes se encuentran la exposición a radiación ionizante en cabeza y cuello, especialmente durante la infancia, y ciertos antecedentes familiares o síndromes hereditarios. La obesidad también se ha asociado con mayor incidencia en estudios prospectivos. Estos factores no determinan que una persona desarrollará cáncer y deben interpretarse dentro de una evaluación individual.
La tiroiditis de Hashimoto es una enfermedad autoinmune que puede producir hipotiroidismo. Algunos estudios en pacientes evaluados por nódulos han encontrado una asociación con cáncer tiroideo. Sin embargo, esta evidencia no demuestra que Hashimoto cause cáncer ni permite afirmar que el hipotiroidismo, cualquiera que sea su origen, incremente de forma general el riesgo. Tener Hashimoto no equivale a un diagnóstico de cáncer ni justifica por sí solo una biopsia.
El pronóstico depende del tipo de cáncer, su extensión y las características de cada paciente. Muchos carcinomas diferenciados, especialmente cuando están localizados, tienen un pronóstico favorable. Una cifra única de supervivencia puede ocultar diferencias importantes entre pacientes y tipos de tumor.
“El tratamiento debe elegirse según el riesgo y las preferencias informadas del paciente. La cirugía es necesaria en muchos casos, pero algunos carcinomas papilares muy pequeños y de bajo riesgo pueden manejarse mediante vigilancia activa en centros con experiencia, siempre que cumplan criterios específicos y exista seguimiento confiable”, señaló Miracle López.
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